Apartadero

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Primera Parte

 

         No era extraño que pasara todas las tardes ese joven alto observando hacia los ventanales de la casa grande, tratando de introducir la mirada por el resquicio insignificante que proyecta la luz, cuando se cuela por los agujeros de las paredes blancas entre juntadas de la casa. Filomena Marcussí Salvatierra, todas las tardes se sentaba en la silla de mimbres colorada, junto con su prima Doménica Salvatierra Granados, la de tez de porcelana y de ojos azules, cual si fueran la bóveda del cielo.  Dos jóvenes que comenzaban a sentir hace tiempo, el significado que tienen los pasos que experimentan las niñas próximas a la adolescencia. Se aumentan los calores en su cuerpo y aquel montón de mariposas se alborotan cuando veían pasar a todos los muchachos que desfilaban, nada más y nada menos, con la grandiosa intención de verlas sentadas en el porche de la casa imponente. Tratando con disimulo y en su presencia, fueran notados por la negra Dolores, siempre atenta, y la misma de siempre que las estuvo cuidando por orden de su amo, el señor Arnaldo Marcussí,  esto lo venía haciendo casi desde que atendió su nacimiento. La hacienda que se veía al llegar  quedaba detrás de la notable casa, que se levantaba por encima de las demás luciendo su techo rojo, las calles de Apartadero eran larga y estaban hechas de un antiguo y duro cemento, el cual fue confeccionado en otro tiempo, momentos de los que se hablaban hoy, como un pasado que añoraban, cuando la ciudad pudiente, tuvo la mejor oportunidad y aprovechamiento, en el señor Marcos de la Torre y en los rincones se escuchaba, quien fuera un perseguidor de sus adversarios, un pequeño tirano que se vino fortaleciendo en la medida de que el pueblo de Apartadero lo fue soportando y permitiendo. Los que aún anhelan este tipo y forma de gobierno. Dicen de secretos entre la gente: ¡Como hace falta aquella bota de Marcos de la Torre! Entre suspiros y oídos que no escuchan, para evitar contradecir las equivocaciones; porque desde hace años, ha existido en Apartadero el respeto por la palabra de los hombres de cabellera blanca, inseparables de sus constantes afirmaciones, aun siendo equivocas.

       Sin embargo, llega el momento en que la sociedad se revela desde sus adentros, aquella juventud risueña y callada de aquellos días, paseaba de un lugar a otro, con las mismas costumbres, cuando regresaban de culminar sus estudios en la capital o en el extranjero, y comenzaban a formar parte de aquella sociedad enmudecida e improbable y a la vez, si se pudiera decir. Cobarde ante el desafío de su verdadero destino, que significa la trascendencia de los hombres, cuando son capaces de romper los moldes que los convierte en simples adornos y trípodes de porcelana, convirtiéndolos en aquellos incapaces de  mover un pie, porque, piensan que su movimiento propiciaría una caída dolorosa y la pérdida de todo el significado del entramado vidriado de donde se sostienen.

 

Por aquella tarde, Filomena y Doménica, vieron pasar a un joven en su andar erguido y de calzado sumamente reluciente, que se diferenciaba del concepto que tenían ellas de los pueblerinos, era un joven conocido que regresaba de la ciudad. Para comenzar sus cuchicheos, parecía que jamás lo habían visto y menos conocieran que existiera; en ese momento ellas dos interrogaron a la negra Dolores, que según ellas, tenía tantos años como de existencia lucia Apartadero, y era de suponer entre ellas, y sabía de cada una de las familias que hoy quedan en este lugar: -Sabes ¿Quién es ese joven que va bien vestido Dolores? Pregunto Filomena-. Si claro que sé, es el joven Ernaldo Parisini. El hijo de la señora Aurora Parisini, tenía muchos años en el exterior estudiando una carrera. Tal vez fue, mis señoritas, que la haya terminado y por eso el motivo de su regreso. Ya se sabría más del joven en la medida que el tiempo lo fuera amoldando y en su momento presentado en un baile, el cual se hacía para presentar a los hijos recién regresados, acostumbrado por las familias, cuando estaban de vuelta y culminar sus carreras.

En el joven Ernaldo existía algo que lo hacía diferenciarse de los demás jóvenes del pueblo, no sabemos si fuera porque, la mayor parte de su juventud, la pasó en la ciudad de Paris y de allí mismo regresó, luego que terminó sus preparativos, sin perder más tiempo, comenzó su carrera universitaria en la facultad de letras, de la cual volvió como uno de los mejores especialistas y de reconocimientos.

       El pueblo de Apartadero, siempre lucía el rostro envejecido en sus primeros días de Enero, el joven Ernaldo al poner el pie en la acera donde termina el último escalón de hierro del tren, que lo transporto por más de 5 horas hasta tanto llegó a la terminal, y de allí fue recogido por su prima Victoria y la tía Adelmira, las que decidieron, antes de coger algún otro transporte, proponerle a Ernaldo hicieran el recorrido a pie, y  a la vez se estirara un poco e iría de nuevo conociendo de esta manera, el pueblo de Apartadero. Ernaldo quedó encantado de la sobriedad de sus esquinas, las cuales diseñadas y pintadas de manera delicada, sin que esto hiciera que se perdiera el patrón que desde la Alcaldía se dictará, para que no se obviara el modelo de antaño, el mismo debía prevalecer a pesar de que los colores lucían por efectos del tiempo, el desgaste que sufren todas las edificaciones al sol perenne y el paso de los días. No fue sólo por esta razón la sugerencia de las dos damas, sino también para que las muchachas de todo el pueblo, se dieran cuenta de su llegada, y más temprano que tarde, se convirtiera en un referente que hizo de Apartadero el pueblo que es hoy.   

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